Lo angustioso es ser uno mismo la piedra en que se tropieza. Comparado con ello, todo lo demás no son sino dificultades, de haberlas, pasajeras porque los conflictos, como la vida misma, anuncian desde el inicio su propio final para bien o para mal. Por lo que respecta a un Enero que para muchos es cuesta tras los dispendios navideños, ya va quedando menos y, si la subida resultó un agobio, cabrá decirse que sólo lo difícil vale la pena o, en palabras de Jesús Torbado, que el peor de los viajes es el que no se hizo.
Claro que, tras los pasados días de asueto y regalitos, volver a la rutina, bajo la lluvia y quizá tiritando mientras muchos se preguntan de dónde sacarán para los recibos, no es plato de gusto y encima, aún con diez días del mes por delante, sólo falta que nos venga a la cabeza el proverbio chino: ése que asegura que lo peor del dragón está en la cola.
Y por supuesto que podría haber sido más agradable transitar estas semanas con las manos en los bolsillos, mirando hacia lo alto y pensando en las musarañas. Algunos habrán tenido esa suerte y, sin embargo, madurar pasa también por jadear en las cuestas -las hay para todos-, saltar barreras y sortear algún que otro agujero.
Sea como fuere, lo cierto es que ya queda poco. Por fortuna o desgracia ya que cada enero está más cerca del último que viviremos, así que, mientras llegamos al final, de la pendiente o el tránsito vital, por ponernos trascendentes, ¡ a sacar lo mejor! Al mes que termina y también de nosotros.
Tras el fallecimiento en los últimos años de escritores con los que se sintoniza por motivos varios, y después de haber recordado con nostalgia a Juan Gelman y la pérdida de algunos de sus seres queridos durante la dictadura argentina, a García Márquez en 2014 o Günter Grass en 2015, me había propuesto silenciar los duelos que lleva aparejada esa catarata de ausencias definitivas que con posterioridad nos ha seguido empapando. Fueron Umberto Eco o Kertész en 2016, Berger y Ricardo Piglia, entre otros, en 2017 y, el pasado año, desde Sergio Pitol a Philip Roth o el longevo y provocador poeta Nicanor Parra.
Nacido Klausner, cambió su apellido por el de Oz (valor, en su idioma) tras permanecer en un kibutz durante 25 años. Más allá de su indudable talento literario, procuró siempre incorporar el sentido común, diálogo mediante, al enquistado conflicto judeopalestino, lo que le acarreó reiterados enfrentamientos con los conservadores de su propia nación a resultas de aquella visión integradora y alejada de fanatismos nacionalistas.
Los más jóvenes no sólo empiezan ya a darme el jaque mate en ajedrez, o en una carrera perderme de vista y no precisamente por delante sino que, más allá de las derrotas y sobrevolándolas, se ha hecho omnipresente su compasiva mirada cuando hay un móvil nuevo u ordenador -el mío- de por medio.
Y eso de no mediar los ¡Uf! o los ¡Vaya!: «¡Vaya, algo va mal!»; «¡Vaya, su pestaña no funciona!» (y menos mal que no alude a otros apéndices corporales) o «¡Uf! ¡No se puede conectar!». Se antoja evidente, frente a semejante desconcierto, que debería hacer un curso de capacitación siquiera para evitar que mis ocasionales ayudantes me coloquen la definitiva etiqueta, aunque no sé si voy a tener cabeza para eso. Tal vez sea más propio resignarse, y si sólo las manos duchas comen truchas, como reza el dicho,aceptar de una vez que no podré ir más allá del pan con tomate.
La de Rey es condición de mucha preeminencia aun encarnada en según quién y, por eso mismo, la prefiero ligada al apellido: Rey Marqués, Vara de Rey… aunque lo más, el acabose, es Rey Ardid: la unión de lo egregio con la trapisonda constituye una mezcla invencible –siquiera por el sobreseimiento de los delitos-, y vean como prueba al emérito que nos ha tocado en suerte. No es de extrañar que el tal Rey Ardid, otro que Juan Carlos I, fuese maestro internacional de ajedrez y campeón de España allá por los años treinta.
Lo insólito es que no ocupase en aquellos tiempos y en política el lugar de Azaña, siendo como era, por linaje y oficio, el rey de la celada. Además, a Azaña le faltaba la hache inicial, por lo que en un enfrentamiento por el cargo habría tenido las de perder. En la misma línea, repasen a otros famosos: Fernando Rey, Bárbara Rey, el matemático Rey Pastor… Andar de Rey, con corona o sin ella, trae aparejadas gloria y pasta, así que ya lo saben. También están Ray Loriga, Ray Charles o Nicholas Ray, pero al tema de hoy le sobra miga como para necesitar del torpe recurso de cambiar la vocal, aunque si el rey actual prescindiese de la «e» final, sin duda en Catalunya caería mejor.
Aquí el masculino se lleva el gato al agua, aunque una paja no hace Lewinsky, digo pajar, porque «rey de la casa», por poner un ejemplo, es peor que «reina de la ídem». El rey de la casa suele ser rorro de pañal y deja de monopolizar el título en cuanto controla los esfínteres (¡ojalá tomasen ejemplo en la Casa Real!); la «reina de la casa», en cambio, acostumbra a extender su reinado hasta la menopausia y más allá.
Pero bueno: consciente hoy de un rigor expositivo más que dudoso, no me queda sino rogarles que acepten mis disculpas y muestren frente a estas líneas la tolerancia, la comprensión de un Rey (otro que los designados por cuestión de estirpe). Sobre todo ahora que los Magos están al llegar y por unos días relegarán de nuestra imaginación a los Borbones, poco dados a regalos que no acaben en su propia cuenta corriente.
Las 12 de la noche que se acerca, suele ser el hito para los proyectados nuevos modos y, sin embargo, seguir en las mismas pudiera ser conveniente para añadir atractivo a nuestras vidas. Porque pasarse por el forro los objetivos, desde el primer amanecer del nuevo año, quizá contribuya a reconocernos más allá del estereotipo en que pretendíamos convertirnos y es que, seguramente, algunas faltas o carencias forman parte indisoluble de nuestra identidad. Bajo esa óptica, nos será fácil echar las momentáneas frustraciones al cubo de la basura.
¿Seríamos los mismos de culminar todos los empeños que nos planteamos cada fin de año? Visto así, convendrán en que, sumados, nos convertirían en otro/a, mientras que aceptarse llevará aparejado al poco un mejor dormir, máxime porque quien no arrastre contradicciones que tire la primera piedra, y percibirlas como una permanente losa sobre la conciencia es castigo que nadie merece. La voluntad de cambio ya es premio a valorar; como un deber cumplido por anticipado. El mero hecho de idear incorporaciones y abandonos trae aparejada la momentánea complacencia y, de no llegar a buen puerto, por lo menos tendremos en la mochila esas aspiraciones para echar de nuevo mano a ellas al año siguiente.
No vendría mal eliminar alguna de las segundas, pero sin agobios, porque bastantes nos caen encima sin buscarlos ni muchas veces merecerlos. La vida, aseguraba Sam Shepard, es lo que te pasa mientras haces planes; lo que discurre sin vuelta atrás y, por tanto, ¿qué tal el placer de evitar cualquier plan? No aconsejaría que, en llegadas las uvas, seamos presos de la desazón por no habernos planteado metas; no obstante, ¡alguna copa y tranquilidad! Ya habrá tiempo para retomar los mismos propósitos, o algún otro, en la próxima Nochevieja. Y por cierto: con proyectos o sin ellos, ¡feliz año nuevo!