Las 12 de la noche que se acerca, suele ser el hito para los proyectados nuevos modos y, sin embargo, seguir en las mismas pudiera ser conveniente para añadir atractivo a nuestras vidas. Porque pasarse por el forro los objetivos, desde el primer amanecer del nuevo año, quizá contribuya a reconocernos más allá del estereotipo en que pretendíamos convertirnos y es que, seguramente, algunas faltas o carencias forman parte indisoluble de nuestra identidad. Bajo esa óptica, nos será fácil echar las momentáneas frustraciones al cubo de la basura.
¿Seríamos los mismos de culminar todos los empeños que nos planteamos cada fin de año? Visto así, convendrán en que, sumados, nos convertirían en otro/a, mientras que aceptarse llevará aparejado al poco un mejor dormir, máxime porque quien no arrastre contradicciones que tire la primera piedra, y percibirlas como una permanente losa sobre la conciencia es castigo que nadie merece. La voluntad de cambio ya es premio a valorar; como un deber cumplido por anticipado. El mero hecho de idear incorporaciones y abandonos trae aparejada la momentánea complacencia y, de no llegar a buen puerto, por lo menos tendremos en la mochila esas aspiraciones para echar de nuevo mano a ellas al año siguiente.
Por consiguiente tal vez sea mejor seguir en las mismas, siempre que los remordimientos por haber aplazado las decisiones hasta una próxima vez, no duren más que las campanadas. Llegar a ser el que eres, como aconsejaba un clásico, no supone transformarse en arquetipo, sino aprender a deambular con las fortalezas y debilidades que nos caracterizan.
No vendría mal eliminar alguna de las segundas, pero sin agobios, porque bastantes nos caen encima sin buscarlos ni muchas veces merecerlos. La vida, aseguraba Sam Shepard, es lo que te pasa mientras haces planes; lo que discurre sin vuelta atrás y, por tanto, ¿qué tal el placer de evitar cualquier plan? No aconsejaría que, en llegadas las uvas, seamos presos de la desazón por no habernos planteado metas; no obstante, ¡alguna copa y tranquilidad! Ya habrá tiempo para retomar los mismos propósitos, o algún otro, en la próxima Nochevieja. Y por cierto: con proyectos o sin ellos, ¡feliz año nuevo!
Vamos a disponer un cojín para que la ternura se siente como de costumbre junto a nosotros, los padres. Que así eramos antes de casarnos. Pero sin nostalgias a excepción de la foto ni vuelos al pasado, que son inequívocos signos de vejez interior. Las ataduras del ayer emergerán tal vez, solapadas, junto a esos hijos adultos que ya no precisan de atenciones empalagosas, y nuestra antigua comunión con ellos servirá únicamente para hacer inteligible el presente. Esta noche e instalados en él, comprenderlo en sus múltiples facetas supondrá dialogar sin dar nada por sentado ni pretender de ellos un flujo parejo. Que los juicios sean divergentes o las filias dispares, será prueba inequívoca de que ya no hay cordón umbilical que canalice la transferencia y eso es crecer; fue nuestro objetivo y la empatía será brote nuevo en un árbol que ya no precisa del mismo tutor; una sintonía, cuando aparezca, que no se fomenta por la avidez en comprobarla.



Sea como fuere, es llegada la oportunidad de subrayar, negro sobre blanco y mediante la oportuna querella ya interpuesta por Diario de Mallorca, que el derecho de la ciudadanía a conocer, y para ello la labor de los profesionales de la información, está por encima de opiniones y sesgos en cuanto a la interpretación de la ley. Otra cosa, se antoja cosa nostra.
Ha sido de un tiempo a esta parte cuando me he percatado de que el color amarillo, tan suave y discreto él, se ha venido llevando el gato al agua entre sus competidores sin que alcance a entender bien el porqué, dado que si tiene a su favor al astro rey, la piel amarilla o la caca de igual tono no lo hacen precisamente deseable siquiera en nuestra fisiología. No obstante, se viene imponiendo frente a cualquier alternativa y en circunstancias tan dispares que cualquiera sabe las motivaciones para que triunfe, sin que importe que coloree un roto o un descosido.

Convendrán que estamos frente a un misterio que precisaría de especialistas para aclarar de una vez esa polivalencia. Y es que, si me apuran, diría que el amarillo va bien para todo y casa con casi todo… excepto los dientes. ¿Alguien está en el secreto? Entretanto, me pregunto si, para las múltiples elecciones que se avecinan, a algún partido se le encenderá finalmente la bombilla (difícil, en tratándose de políticos) y cambie el rojo, azul, naranja o morado por el símbolo para el definitivo hechizo: un sugerente y maduro limón. Como lo haga el recién llegado Vox, estamos aviados.
Hoy me propongo no andarme por las ramas al hablar de la memoria y sus traspiés; nada de que si la vida es memoria, que toda ella es mentira…, de modo que directamente al intríngulis de la cuestión y es que (¿alguien más se identifica?), conforme pasan los años, se diría que lo hacen raspando por sobre las neuronas que la albergan y, de seguir así, puede uno terminar por no acordarse siquiera de cómo se llama, antes de que le diagnostiquen un deterioro mental con nombre propio (otro que el propio).
El asunto puede llegar al extremo de planear acudir al capitán Nemo para acordarnos de la propia palabra: Nemo… ¿cómo era? ¡Ah, sí!: nemotecnia. Y ni les cuento si con semejantes mimbres se pretende recordar el nombre de algunos tropos y, entonces, palique para palíndromo o, para anáfora, ánfora hasta que, dando vueltas en la cama, uno se pregunte por el sinónimo de vasija. ¿O era jarrón?
Quizá llevase razón quien afirmó que si uno tuviera que acordarse de todo reventaría, pero no me pregunten de quién fue la tranquilizadora conclusión. Sin embargo, sí puedo mencionar al que sentenció que ser es ser memoria y, de ser así, Emilio Lledó, algunos empezaremos a preguntarnos dónde quedó nuestra identidad mientras vamos camino de recordar sólo la emoción de las cosas (Machado, no fueran a pensar que he entrado ya en una fase irreversible) y olvidarnos de todo lo demás. Incluso del propio olvido.