Vamos a disponer un cojín para que la ternura se siente como de costumbre junto a nosotros, los padres. Que así eramos antes de casarnos. Pero sin nostalgias a excepción de la foto ni vuelos al pasado, que son inequívocos signos de vejez interior. Las ataduras del ayer emergerán tal vez, solapadas, junto a esos hijos adultos que ya no precisan de atenciones empalagosas, y nuestra antigua comunión con ellos servirá únicamente para hacer inteligible el presente. Esta noche e instalados en él, comprenderlo en sus múltiples facetas supondrá dialogar sin dar nada por sentado ni pretender de ellos un flujo parejo. Que los juicios sean divergentes o las filias dispares, será prueba inequívoca de que ya no hay cordón umbilical que canalice la transferencia y eso es crecer; fue nuestro objetivo y la empatía será brote nuevo en un árbol que ya no precisa del mismo tutor; una sintonía, cuando aparezca, que no se fomenta por la avidez en comprobarla.
Echar, si es posible, una mano a sus proyectos aunque quizá no sean los que nosotros habríamos diseñado. Y, en cualquier caso, escuchar. De eso se trata, creo. Sin enterrar nuestra historia común pero en la consciencia de que es superflua cuando los interlocutores adultos, y eso son hoy nuestros hijos, no la requieran. Con ellos aunque, a diferencia de antaño, quizá nos falten datos para opinar con justeza. Y construir con esos mimbres la relación que mejor se acomode a sus necesidades.
Quisiera que entendiesen el post, hoy, como una reflexión que aspira a ser compartida, y estar prestos a lanzarse, como dijera Baudelaire, a lo que va siendo desconocido para encontrar lo nuevo. ¿Difícil ser padres? Siempre un aprendizaje y, en cualquier caso, ¡qué les voy a contar que ustedes no sepan! También un ejercicio estimulante, aunque no me extraña que los jóvenes retrasen la procreación y es que, entre otras dificultades, nunca se está seguro de acertar con tu papel, de modo que hagamos lo que nos salga del corazón y contemos con su benevolencia, porque nunca fuimos perfectos. Y ellos lo saben. Entretanto, tengan la absoluta certeza que con buen ánimo y dos copas, todo resulta de lo mejor y un nuevo hito para el recuerdo, así que feliz Nochebuena y, si es junto a los hijos, ni les cuento del placer.


Sea como fuere, es llegada la oportunidad de subrayar, negro sobre blanco y mediante la oportuna querella ya interpuesta por Diario de Mallorca, que el derecho de la ciudadanía a conocer, y para ello la labor de los profesionales de la información, está por encima de opiniones y sesgos en cuanto a la interpretación de la ley. Otra cosa, se antoja cosa nostra.
Ha sido de un tiempo a esta parte cuando me he percatado de que el color amarillo, tan suave y discreto él, se ha venido llevando el gato al agua entre sus competidores sin que alcance a entender bien el porqué, dado que si tiene a su favor al astro rey, la piel amarilla o la caca de igual tono no lo hacen precisamente deseable siquiera en nuestra fisiología. No obstante, se viene imponiendo frente a cualquier alternativa y en circunstancias tan dispares que cualquiera sabe las motivaciones para que triunfe, sin que importe que coloree un roto o un descosido.

Convendrán que estamos frente a un misterio que precisaría de especialistas para aclarar de una vez esa polivalencia. Y es que, si me apuran, diría que el amarillo va bien para todo y casa con casi todo… excepto los dientes. ¿Alguien está en el secreto? Entretanto, me pregunto si, para las múltiples elecciones que se avecinan, a algún partido se le encenderá finalmente la bombilla (difícil, en tratándose de políticos) y cambie el rojo, azul, naranja o morado por el símbolo para el definitivo hechizo: un sugerente y maduro limón. Como lo haga el recién llegado Vox, estamos aviados.
Hoy me propongo no andarme por las ramas al hablar de la memoria y sus traspiés; nada de que si la vida es memoria, que toda ella es mentira…, de modo que directamente al intríngulis de la cuestión y es que (¿alguien más se identifica?), conforme pasan los años, se diría que lo hacen raspando por sobre las neuronas que la albergan y, de seguir así, puede uno terminar por no acordarse siquiera de cómo se llama, antes de que le diagnostiquen un deterioro mental con nombre propio (otro que el propio).
El asunto puede llegar al extremo de planear acudir al capitán Nemo para acordarnos de la propia palabra: Nemo… ¿cómo era? ¡Ah, sí!: nemotecnia. Y ni les cuento si con semejantes mimbres se pretende recordar el nombre de algunos tropos y, entonces, palique para palíndromo o, para anáfora, ánfora hasta que, dando vueltas en la cama, uno se pregunte por el sinónimo de vasija. ¿O era jarrón?
Quizá llevase razón quien afirmó que si uno tuviera que acordarse de todo reventaría, pero no me pregunten de quién fue la tranquilizadora conclusión. Sin embargo, sí puedo mencionar al que sentenció que ser es ser memoria y, de ser así, Emilio Lledó, algunos empezaremos a preguntarnos dónde quedó nuestra identidad mientras vamos camino de recordar sólo la emoción de las cosas (Machado, no fueran a pensar que he entrado ya en una fase irreversible) y olvidarnos de todo lo demás. Incluso del propio olvido.
¡Por mis cojones! ¡Porque me sale de los hue…! Me siento incómodo escribiendo lo anterior, aunque sea lo oportuno porque quiero referirme a ese machismo que no apela a la razón y emplea, por único argumento, el nacido de los genitales. Unos órganos que por otra parte y si nombrados como se debe -testículos, pene…- quizá restasen contundencia a la sexista imposición que revela, con toda claridad, que puede suplantarse el cerebro por las gónadas cuando el primero se ha vuelto inservible por no cuidarlo y ejercitarlo como se debe.
Sin embargo, pretender un cambio de perspectiva y en consecuencia de comportamiento, se viene revelando empresa inútil con los tales y es que, por remedar al escritor Céline, cualquier tonto del culo -cualquier hijo de p…, podría precisar si estas líneas procuran bula para la grosería- se mira en el espejo y ve a Júpiter aunque, eso sí, con sus adminículos hipertrofiados y sobre la cabeza. ¡Faltaría más!
De salir los ovarios a colación, por lo menos los machos y hembras descerebrados/as emplearían por igual sus órganos de producción hormonal en sustitución del pensamiento. Pero no: ellos la polla, a veces, y ellas la vulva o el más vulgar coño y, en ambos casos, un mal camino para empoderarse desde la inteligencia porque en este caso suena también a reprobable sexismo, pero desde el otro lado. Mal andamos si al feminismo no se le ocurre cosa mejor que imitar a los tradicionalmente opresores con sus cojones a modo de justificación y es que, por un decir, no creo que la admirable Clara Campoamor lograse, en 1931, el derecho al voto femenino proclamando a los cuatro vientos: ¡Por mi coño! En resumen y a mi juicio, un título impropio, rufianesco (y no miro a nadie) que hace de su autora remedo de esos con los genitales por montera y que la mayoría de nosotros/ellas, reprobamos.