He visto en días pasados a gentes encapuchadas, con velas encendidas a plena luz del día y en procesión, descalzas, arrastrando cadenas por los tobillos y anteponiendo, supongo, la penitencia al riesgo de heridas e infecciones. Portando cilicios y, en otros lugares, dándose de latigazos. Nunca mayor acierto que el del recientemente fallecido Jorge Wagensberg al afirmar que, en lugar de convicciones sólidas, mejor líquidas o gaseosas, aunque sigan abundando quienes prefieren las creencias al pensamiento y, en el extremo, la banalidad de una mascarada que las subraye.
Sacralizar la sinrazón con base a dioses o fantasmas -fantasmadas, mejor-, es lo que subyacía también en el sartriano consejo referido en su día a los Gulag soviéticos: «Aunque sea cierto, no hay que hablar de ello» y, en parecida línea, desde las manifestaciones religiosas sin entrar en el fondo de la cuestión, al esperpento que supone el procés. Y espero que entiendan que la contemplación de un espectáculo me haya llevado al otro aunque sólo sea por la similitud fonética entre procesión y procés. En ambos casos, representación teatral por sobre evidencias o su ausencia, primando las emociones y ocupando el lugar que debiera presidir el sentido común.
Frente a soberanismos y cofradías exhibiéndose al unísono, sólo me cabe concluir que la fe puede anidar también en el laicismo y nublar la deseable objetividad en los análisis. Entre vestidos de capirote e investiduras fallidas y sabidas de antemano, exhibiendo unos y otros, en lugar de argumentos, sentimientos para la adoración y el aplauso, deduzco que Fernando Vallejo dio en el clavo con su conclusión: «Iglesia y política, roñas incurables». Siempre, claro está, que la deriva catalana pudiera tildarse de política, lo que a mi juicio no es el caso.
En llegada cierta edad y pese a no padecer enfermedad mental alguna, por lo menos diagnosticada, la memoria comienza a hacer agua. Podemos (con perdón), como Trump, pasar un test de diez minutos con buena nota y ser capaces de repetir unos cuantos números o identificar por su nombre algunos animales, pero no recordar el de quien nos saluda por la calle e incluso nos abraza interesándose por nuestro devenir. En ese momento, somos presas de la zozobra mientras fingimos parecido entusiasmo al suyo e intentamos salir del paso con evasivas.
Ni flores. Al cabo de unos días, más de lo mismo hasta que finalmente se me ha ocurrido la solución: llevar colgado del cuello, a modo de adorno, un rótulo con nuestro nombre y apellidos, costumbre que de hacerse extensiva nos evitaría las perplejidades frente al supuestamente conocido y, a más de suponer un negocio para los fabricantes de tales carteles, sería un excelente recurso cuando no sabemos qué regalar en Navidad o el día del cumpleaños.
Para buena parte de nosotros, se ha convertido en norma prestar atención a las predicciones meteorológicas. Y no diré que, por lo general, las noticias que se ofrecen sobre el tiempo y los eventuales cambios por venir (¡Ay, con el dichoso anticiclón de las Azores!) carezcan de justificación o fundamento. Cosa distinta, sin embargo, son los porcentajes sobre lluvia o bonanza que para los días venideros ofrecen los medios; tan cambiantes conforme avanza la semana que parecen dar razón a Heráclito cuando afirmó que el tiempo (más allá de la edad, a que el griego debía referirse) es como un niño que juega a los dados.

¿30%? ¿80? Por ello, se antojaría más razonable sustituir los números por siglas igualmente orientativas: «Quizá sol radiante» (QSR), «Probablemente lloverá» (PLL) o un humilde «Cualquiera sabe» (CS). No se hurtaría información y por ende se daría en el clavo más a menudo, rebajándose una incredulidad que, visto lo visto, sólo conseguimos orillar cuando tenemos planeado salir de viaje y la predicción es buena, con lo que evitamos cargar con el paraguas. Después, ¡a verlas venir!
William Waldren (Nueva York 1924-2003), llegó a Mallorca en 1956. Reconocido arqueólogo a más de pintor y escultor, fue él quien descubrió en 1962 y excavó, entre otros (Son Matge, Son Ferrandell…), los yacimientos en la cueva de Muleta (Sóller) descubriendo, además de antiguos restos humanos, fragmentos óseos de más de 1500 Myotragus, una especie de cabra que se extinguió entre los años 6000 y 3000 a. de J.
Así nació, en ese año de 1962, el Museo Arqueológico (calle Teix nº 4) que dirigió desde entonces y en días pasados tuve ocasión de visitar guiado por su viuda, Jacqueline. Los recoletos habitáculos que albergan aquellos restos de vidas prehistóricas me dejaron, merced a las amables explicaciones de su mujer, una impronta que conservaré con mimo.
Tal vez en los últimos años y con el auge de las empresas de edición virtual, la relación autor/editor sea menos aviesa que antaño cuando, por la necesidad de contar con quien se aviniese a publicarte el libro, estabas obligado a aceptar carros y carretas. Entre otras, que ese 10% en que se cifran los derechos de autor se convirtiera en pura entelequia.

Y Orwell, en su texto Sin blanca en París y Londres, opinaba al respecto según la frase adjunta. Debo confesar que tras mis experiencias, ampliamente compartidas, he pensado más de una vez -vengativo, sí- que la meta no debería ser, como dicen algunos, pretender sobrevivirse escribiendo. Mejor sería un plan para sobrevivir a los editores: ese/esos que a su vez afianzan presente y futuro (pese a no vender nunca casi nada, ¡pobrecillos!) merced al esfuerzo ajeno.