El título rima como no podría ser de otro modo, y es que hay sustantivos que están destinados a entenderse incluso por la desinencia. Pero a lo que voy. La «Marca Mallorca», para quienes quieren hacer con ella su particular agosto, no pasa por reprimir unas felaciones con más que probable «efecto llamada» en determinados colectivos. ¡Como si las orgías fuesen cosa de ayer! Y tampoco pasa, naturalmente, por considerar el entorno como una prioridad, siquiera para cuidar la imagen.
Decía el marqués de Sade que conviene conocer el mal para evitarlo, pero aquí ocurre justo lo contrario y, por seguir con las citas, ni siquiera se plantean cambiar algo para que nada cambie. Porque la corrupción (quizá la tilden de «deleznable», como al sexo oral) sigue por sus fueros. Y el Gobierno allanándole el terreno.

La nueva Ley del Suelo (por eso lo de «allanar el terreno») contemplará la posibilidad de legalizar unos miles de construcciones no autorizadas en su día, si han pasado más de ocho años sin que se tomaran medidas al respecto, lo cual, aparte de poner en evidencia la dejadez de ayuntamientos y Consell,
supone una afrenta para quienes creyeron (y por eso no se hicieron la casita contra viento y marea) que la política es algo más que una sucesión de arbitrariedades con ocultas motivaciones. O no tan escondidas y es que, aparte de que se recaudará algo por vía de impuestos a esos ilegales cronificados, sin duda se harán con el voto de muchos de ellos si acaso no lo tenían. Una sutil estrategia, de cara a las próximas elecciones, para enfrentarse a la Oposición. En línea con los descuentos en algunos comercios si se acredita la pertenencia al PP.

Enlazando con el comentario de hace unos días, ¿pedagogía contra los excesos nocturnos en Punta Ballena? Pues vale. Y para los del ladrillo subrepticio y a plena luz del día, la que nos muestran; que parece aconsejable dejar que pase el tiempo y todo se arreglará.
Por eso decíamos aquello de sodomizar a la gente honrada en exclusiva: a quienes se atuvieron a las normas urbanísticas, a los preferentistas, funcionarios, enfermos en lista de espera, jubilados… Es la prerrogativa que se arrogan quienes mandan aunque, eso sí, con absoluta transparencia.
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