A POCOS PASOS, LAS DIFERENCIAS

   Darse una vuelta por calles varias, sin objetivo y dispuesto a perderse, puede relegar la cotidianidad y ser sustituida por complacidos asombros. Así me ocurrió tiempo atrás y, para empezar, frente a la iglesia de San Sebastián una mujer negra, los brazos en cruz y rezando en voz muy alta: In sécula seculórum… Como les digo: en latín y ajena a la extrañeza con que los transeúntes la contemplábamos. Pero lo curioso es que, en el mismo lugar, una cubana había estado esperando aquella misma semana para darle de bofetadas a cualquier sacerdote que asomara. Algo especial debe tener el edificio sacro  para atraer intenciones tan dispares, aunque no pueda por menos que inclinarme por las de la segunda, que acabó detenida poco después. Y es que entre la extendida pederastia clerical o las miles de inmatriculaciones subrepticias por parte de esa organización, mi querencia por la violenta fémina tiene sus motivos.

Pero ahí no acabaron las sorpresas y es que, cuando ya cansados decidimos tomarnos un respiro en el bar cercano, el precio de las consumiciones resultó menos de la mitad que lo que se cobra en mi barrio, situado a sólo unos cientos de metros. Y encima, las aceitunas de regalo.

Hube de concluir que Proust no estaba en lo cierto al afirmar que todo lo que es del mismo tiempo se parece. Por lo menos en lo que hace a aquella africana, la justiciera centroamericana o el coste de una cerveza. Porque en ese rincón de la ciudad, la frecuente delincuencia clerical hace explícita la indignación de alguien, y también el latrocinio en los baretos para con el consumidor se diría sobreseído. Como puede deducirse, ejercer de flâneur, siquiera de vez en cuando, lleva a inesperados disfrutes para la vista y también el bolsillo. Pienso volver al lugar: para un café y, con suerte, asistir a la eventual reprimenda al sacerdote de turno, de palabra u obra, si tengo la suerte de coincidir con ella cuando ya fuera de la trena y con ganas de tomarse de nuevo la justicia por su mano.    

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REPROCHES E INSULTOS: ESCRITORES Y OTRAS HIERBAS…

   Desde hace años,  sigo con la curiosidad por leer sobre las frecuentes desavenencias entre escritores, llegando desde el desprecio al insulto y supongo, las más de las veces, con celos de por medio. Para empezar desde épocas lejanas, Quevedo dedicó a Góngora estos hirientes versos: “Almorrana eres de Apolo / por donde el dios soberano / gracioso, purga inmundicias / y sangre, si está enojado”.  Orwell llamaba a Sartre “Una bolsa de aire”, y Schopenhauer calificó a Hegel de soplagaitas y filosofastro de pacotilla. Borges destilaba veneno sobre muchos (Lorca, “Un poeta menor”; Benet, “Un hombre mediocre y que no sabe escribir”…). Cabrera Infante era un gusano para Alejo Carpentier o, para Bioy Casares, Sábato un personaje ridículo y Mújica Laínez “Un mariquita cursi”. Neruda se refirió a Dámaso Alonso como “Hijo de perra” y, para Valle Inclán, Galdós era un garbancero. Baroja tildó a la Pardo Bazán de pobre idiota, a Unamuno de egotista… Juan Ramón Jiménez denostaba de casi toda la generación del 27 y viceversa (para Gil de Biedma, JRJ «Un mezquino y señorito de casino de pueblo”).

Y las animadversiones han seguido hasta hoy.  Según el portugués Lobo Antunes, Saramago era “un pobre inútil”, u opinaba de Pessoa que “es difícil ser buen escritor sin haber echado un polvo”. Umbral arremetía contra la mayoría, mientras que Goytisolo opinó que al susodicho le caracterizaba “esa mezcla carpetovetónica de superioridad e ignorancia”; Cela llamó a Muñoz Molina “doncel tontuelo” o, por no seguir, la antigua amistad entre García Márquez y Vargas Llosa terminó, como quizá recuerden, con un puñetazo.

¿A qué vendrá semejante listado?, podrían preguntarse. Pues resulta que cuando presencio en TV muchos de los debates políticos, no puedo evitar pensar que traducen igual sentimiento que el que subyace en muchos escritores cuando juzgan a otro por lo hecho, mientras que ellos querrían ser valorados sólo por lo maravilloso de cuanto planean y, en el ínterin, parecidas las befas y escarnios. Para ejemplo, las opiniones del defenestrado Casado sobre actitudes y comportamientos de Pedro Sánchez, desde su escaño, dejaban en mantillas los contenciosos entre letraheridos. Irresponsable y bocazas, presuntuoso, mentiroso compulsivo, ególatra y chaquetero, un cobarde en zapatillas o “El mayor felón”, adjetivo poco frecuente y que podría apuntar a la consulta de diccionario por aparentar ser más leído de lo que muchos sospechábamos. Por seguir con cultismos y en su misma línea, no me extrañaría que a alguien se le hubiera ocurrido referirse a él, en justa correspondencia, como “Casado el Zoilo”, o sea, crítico con cualquier actividad que fuese ajena a él mismo y, de ser así, habríamos podido concluir que, entre el zoilo y el felón, aviados estábamos. De Abascal para qué decir y, en cuanto a Feijóo, en pocos meses sabremos si es tanto o más zoilo que el propio Presidente.

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NÚMEROS CLAUSUS PARA ALGO MÁS

      La limitación de plazas, oficinas o servicios para determinadas actividades, pretende adecuar la oferta a la demanda. Se trata de un asunto cardinal, pues aunque los potenciales usuarios no dispongan de lo que precisan a pocos metros y algunos profesionales se vean obligados a posponer sus planes, aumentan las garantías de rentabilidad para quienes lo consigan, se pretende en cualquiera de los casos la eficiencia y, de ser la financiación cosa del erario público, se trata de evitar el gasto superfluo. Hay números clausus en centros sanitarios para el personal de los mismos o, en escuelas, para profesorado y alumnos. Licencias para abrir farmacias son gestionadas por el Ministerio de Sanidad y la Comunidad Autónoma correspondiente, las de taxis dependen del ayuntamiento o el número de notarías, por no seguir, es regulado por el Ministerio de Justicia. Recientemente se han establecido -o así se ha publicado- restricciones para el atraque de cruceros en Palma de Mallorca y, con pandemia de por medio, los aforos en determinados lugares eran objeto asimismo de números clausus…

Es obvio deducir que las reducciones, éstas y otras, obedecen a intereses muchas veces encontrados, pero en política y para consejeros, asesores, enchufados u otras hierbas, prima todo lo contrario: gasto o eficiencia son pecata minuta y se hace evidente la preferencia de los gobernantes por un “Cuantos más lamecu… en mi camarilla, tanto mejor”. Con cargo a los dineros de la ciudadanía, claro está, lo cual permite dar razón a quien sentenció tiempo atrás que la política es el hábitat natural de fulleros y sinvergüenzas. Y si todo hombre inteligente –Camús en su novela “La caída”- sueña con ser un gangster, en este caso, siendo palmario el latrocinio a la res publica, sobraría únicamente el adjetivo «inteligente» y es que, si para Clarín los políticos en cuanto a luces no suelen pasar de medianos, los años transcurridos desde la época del escritor no parecen haber hecho sino empeorarlas.

Alguien debería tomar cartas en el asunto, cortar el grifo e imponer reducciones drásticas para los cargos a dedo, aunque de trasmitir la responsabilidad a cada uno de los gobernantes, ¡aviados estamos! Un control estricto que estableciese la correcta relación entre necesidades y nombramientos. Para ello, iría siendo hora de (al igual que ya existe el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico ¿?) con mayor eficacia, transparencia y operatividad, un Ministerio para las Digitaciones. Establecer números clausus y aforo limitado en las poltronas. Siquiera por estética, ya que la ética parece ajena a esos reductos. Aunque si el tal Ministerio está bajo los auspicios del Gobierno de turno, sólo servirá para digitar a otros cuantos.

PD: Alguien me indica que el número en España se antoja excesivo y podría tratarse de una falsedad. En cualquier caso y sean los que fueren, ¿su trabajo justifica los honorarios? Porque tratándose de la dedocracia esa es, ante todo, la cuestión.

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¿FALSO? ¿VEROSÍMIL? ¿CIERTO?

  Afirmaba Sciacia que “ la ausencia de certezas es el ejercicio existencial que considero más justo”. Sin embargo, el aluvión de noticias con que somos percutidos nos lleva muchas veces a preguntarnos, molestos, si lo relatado es fiel reflejo de la realidad o responde en buena medida a la percepción subjetiva del transmisor, toda vez que las interpretaciones se sobreponen a los hechos y los deforman. De ahí que la información, presuntamente  cribada y sin trampa ni cartón, se vea demasiadas veces bajo sospecha, y la perspectiva individual –sea del emisor o del oyente / lector- se interponga entre lo sucedido y su asunción sin ambages.

¿Medidas internacionales para frenar el cambio climático, o sólo palabreo y vacuas promesas hasta la siguiente reunión de mandamases? Un recién nombrado líder del PP, Núñez Feijóo, asegura que cambiará la política del Partido, aunque sea la enésima vez que el nuevo dirigente de cualquier formación se sale con las mismas, o a saber tú si, como algunos han dicho, los independentistas catalanes mantuvieron relaciones de tapadillo y en busca de connivencia con el gobierno de Putin. Por lo que respecta a la guerra en Ucrania y siguiendo con el oscuro sujeto, un drama y, por lo mismo, también carne de tertulia. La condenable decisión putiniana parece haber corrido el velo sobre unos antecedentes que, si no justificado, siquiera en alguna medida la explicarían más de lo que lo hacen la mayoría de comentaristas. En esa línea, cabrá recordar el modo en que, en 2013, el movimiento ucraniano de ultraderecha terminó con el gobierno de Yanukovich, la masacre de Odessa en 2014, persecuciones a los prorrusos en Donetsk o la violación de los acuerdos de Minsk por un régimen que ahora sufre la sangrienta violencia de esa invasión armada y, pese a todo lo anterior, inaceptable.

Silencios, omisiones o simplificaciones facilonas para la galería, cuando no elaboradas falsedades y es que, como apuntase mi admirado Wagensberg, las verdades se descubren (y demasiadas veces no es tarea sencilla), mientras que las mentiras se construyen o, en todo caso, añado, se echan en falta reflexiones adicionales que hagan posible un mejor juicio por parte de terceros. Y por seguir con ejemplos, ¿la Viagra que se vende a bajo precio en barrios marginales tiene igual composición que la original? ¿Alain Delon solicitó eutanasia, como se ha publicado? ¿Es verosímil, o en último término justificable (no he sabido de opinión alguna al respecto) que el 9 de abril, en Palma de Mallorca, la policía dedicase tiempo al rescate de una cría de paloma, mientras ese mismo día, como en ocasiones anteriores, seguían los pirómanos incendiando coches y contenedores?

Como espero supongan, no pretendo equiparar la locura que se ha cernido sobre Ucrania a píldoras o palomas, salvo por la constatación, en esas y otras noticias, de que numerosas  informaciones convendría fuesen completadas con pistas adicionales, razonables inferencias o explícitos interrogantes en espera de solución. Aunque sólo fuese para orillar en lo posible la convicción que embargaba a Milan Kundera, en sintonía con el citado Sciacia, al admitir la conveniencia “de tener, por única certeza, la sabiduría de la incertidumbre”. Y es que, en otro caso, de nuevo en candelero el maldito consejo que tanto gusta a los poderosos medios de difusión: ante la duda, genuflexión. Y perdón por el ripio.

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DULCES SOLLOZOS MUSICALES

“Yo también escribí algo el otro día. Si quieres te lo mando…”. Tras leer la página remitida por mi nieto Gustau Catalán, de 13 años, se me ha hecho evidente que la madurez debe implicar también admitir que, quienes nos siguen, atesoran habilidades que para mí hubiese querido a su edad y, si me apuran, incluso décadas después. He sentido a un tiempo pasmo y orgullo por el relato que les adjunto.

 

 Dulces Sollozos Musicales

La escena musical estaba dominada por ritmos y melodías rígidas y encasilladas en los géneros establecidos durante los siglos pasados. Lo que ahora conocemos como música clásica era lo que en aquel momento se escuchaba en los locales de ocio y salas de conciertos, no dejando lugar a otros géneros musicales que aparecieron posteriormente, durante principios del siglo XX, y entre los cuales se encuentra el que hoy se tratará.

Corría el año 1924 y Nueva Orleans, una ciudad entonces pequeña, fue siendo escenario de grandes intercambios comerciales y ofertas financieras que hicieron que ésta se convirtiera en un centro de atracción turística. Por ello, se empezaron a abrir locales de ocio y salas de conciertos donde los turistas iban a pasar el rato emborrachándose y apostando mucho dinero. Es allí cuando aparece un hombre crucial en la historia moderna. ¿Su nombre? Cómo no: el gran Buddy Cornish.

Era un hombre alto y flaco, de carácter introvertido que se reflejaba en sus ojos negros. A causa de no ser bien tratado por la cultura racista americana de los años veinte, se ganaba la vida como barbero, cerca del centro pero, por las noches, un prodigio de la trompeta. Dado el aumento de la demanda en los locales, se le dio una oportunidad como trompetista en algunos conciertos nocturnos junto a su grupo.

Sin exagerar, se podría decir que la gente quedó anonadada al comprobar el talento innato que tenía Buddy con la trompeta. La manera en que la hacía sonar recordaba mucho a lamentos humanos, como si aquel instrumento cobrara vida y en vez de ser tocado por él, la trompeta lo guiara. Todo el mundo, tanto blancos como negros, hombres o mujeres, clientes y dueños, estuvieron de acuerdo en que aquello no era normal. Era una de esas veces en las que si desperdicias una oportunidad, puedes lamentarlo el resto de tus días. Sin duda, ésta no se la iban a perder.

Fueron pasando los meses y Buddy cada vez tenía más trabajo, más conciertos y más importancia dentro del mundo de la música. Tanto era así, que llegó a crear un estilo muy particular que fue bautizado como Jazz. Buddy lo había conseguido, había conseguido convertirse en una estrella, dejar su trabajo en la barbería y disfrutar de la música, ganando un nivel de importancia nunca antes visto en América y ganando también cantidades de dinero inimaginables para un hombre negro, dado el racismo que lo rodeaba. Pero aquí se distinguen dos tipos de personas: las que pueden convivir con la fama y la presión y las que se descarrilan montaña abajo.

Cuando ya tenía su trabajo y su figura asentados en el país, empezó a beber y a consumir otro tipo de sustancias, se volvió mujeriego, empezó a apostar cantidades desorbitadas de dinero en los casinos y sus compañeros más cercanos decían que si te fijabas muy bien, cuando estaba aislado comenzaba a hablar solo y a delirar. Esto no fue a menos. En sus conciertos de trompeta, cada vez se le podía observar más ausente y distante, con una mirada vacía, como si de un fantasma se tratara, que solo se podía comunicar cuando soplaba a través de la trompeta.

Empezó a dejar de asistir con tanta frecuencia como antes a los ensayos y al parecer le costaba retener información y pensar con lógica en el momento oportuno, como había sabido hacer en tiempos pasados. A pesar de recibir ayuda psicológica, se volvió alguien violento con los suyos y de vez en cuando agredía a alguna bailarina de los bares o se peleaba en las calles sin importarle quién era.

Pasó algo más de un año con este comportamiento hasta que en uno de sus frenéticos conciertos, en medio de un solo de trompeta y mientras tocaba, se desplomó. Todo el mundo acudió a su rescate, pero nada había por hacer. Le esperaba un final triste y abrupto. Desde aquel momento pasó, de ser una estrella, a una leyenda. Para muchos, un barbero al que se le subió la fama y murió de sobredosis y, para otros, un hombre que rompió estereotipos, un virtuoso, el inventor del Jazz y alguien merecedor de estar en la memoria colectiva durante mucho tiempo.

Hay quien dice que muy de vez en cuando, cuando los garitos oscuros cierran a medianoche, quizás puedas escuchar los dulces y a la vez amargos lamentos de su trompeta, que desea ser oída y recordada entre el calor de las masas….

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