No me refiero a endosarle al comprador un remedo de lo que buscaba, sino aprovechar y copiar de ellos esa sorprendente competencia para dar cumplida respuesta -o casi- a cuanto se nos ocurra. Me he hecho con un peine que a punto estuvo de dejarme sin cuero cabelludo o, por no seguir, el rollo de cinta aislante se pegaba por ambos lados haciendo imposible su manejo. Sin embargo, no estoy aludiendo a la calidad del producto, sino su capacidad para controlar la heterogénea cantidad lo que produce sana envidia, tras comprobar cómo puede caber en la tienda lo más variopinto sin que el dependiente muestre el menor titubeo para indicar su lugar.
¿Hay tirachinas? (sin segunda intención). Segundo estante a la izquierda -contestará de inmediato-. ¿Calzoncillos? Al doblar la esquina al fondo. Y si queremos un callicida, lo tiene usted a sus pies.
Es esa seguridad, que para mí quisiera en cuanto a la librería y su organización – motivo del último post-, lo que me seduce, sin tener que pasar media hora recriminándome por la inepcia, y es que no consigo saber dónde co… puse a Perico de los palotes.
No es tema que me sorba el seso como pudiera parecer, aunque me he dado en pensar que haber sido abducido por el principio de incertidumbre, ése de Heisenberg, sin atinar a dar con el Kamasutra si me apeteciese, al rato con San Juan de la Cruz o no saber dónde dejé las llaves, en el bar o quizá en el taxi, tendría fácil arreglo de parecerme a esos chinos. En resumen: si aceptan el consejo, pasen un rato observándolos con atención (dientes aparte). Yo lo he empezado a hacer por ver si se me pega algo.














